La ciudad luz sin abogados

Estamos en París. Corre la segunda mitad del año 1789. Una Asamblea se reunió en el picadero de Les Tuileries [“las tejas”, para los amigos (?)]. En la tribuna, había un gran orador apellidado Mirabeau. Era un hombre voluptuoso, venal y hasta se podría decir vehemente. Tuvo una idea que creyó genial y se lo hizo saber a todos los presentes de la Asamblea revolucionaria: si por decreto del 4 de Agosto de 1789 se abolieron todo tipo de privilegios, como hay que reformar la justicia monárquica, hay que abolir el privilegio que tienen los abogados de actuar exclusivamente ante los tribunales. Si todos somos iguales ante la ley, todos tenemos el derecho de defendernos, solos, sin nadie que monopolice el ejercicio de postular ante un juez. La reforma de la justicia –a su entender- tenía que comprender a jueces, abogados y procuradores. En esa inteligencia, se dictó la ley Le Chapelier de 1791 abolió la existencia del Colegio de Abogados. La mayoría de los miembros del Colegio de abogados se retiraron de la profesión y se volcaron a otro tipo de trabajos políticos. Finalmente, mediante el dictado de la ley de Junio de 1791, se decretó que cualquiera podía ejercer la abogacía. “¿Qué diferencia hay entre un abogado y un bache? Que el bache puede ser esquivado” propalaba gracioso Mirabeau. Cualquier persona podía ser juez o abogado. No se requería título, ni estudios de derecho, ni práctica en el foro. Ante esta coyuntura, la mayoría de los pocos viejos abogados que quedaban se retiraron totalmente de la profesión. La prestación de justicia en la Francia revolucionaria, como era incontestable prever, se degradó a los mas bajos niveles imaginables. Al final de los escritos, escribían “Será justicia, será” (?). Los tribunales se llenaron de palabreros gárrulos que llegaron al absurdo de cobrar mas honorarios que lo que cobraban los abogados legítimos. La ironía de todo este cuadro circunstancial fue que en plena Ilustración, se sustituyó el nombre de “abogado” por el de “hombre de ley” (?) porque la primera palabra representaba todo lo malo y corrupto del régimen depuesto.
Asi transcurrieron varios años de justicia degradada, hasta que con Napoleón pareció que volvería el viejo oficio abogadil. Pero Bonaparte desconfiaba de los abogados porque los consideraba demasiado independientes del régimen. Finalmente, advertido por las propias circunstancias del error grosero que significó despojar a los abogados de su noble ministerio, Napoleón restauró la abogacía como profesión y los viejos procedimientos.

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